ANÁLISIS CIENTÍFICO AL GENERAL PRIM Y PRATS

Científicos de varias universidades españolas, arropados por una cohorte de médicos, médicos-forenses, criminalistas, antropólogos, psicólogos y creo que también historiadores, o sea, lo que llaman un “equipo multidisciplinar”, analizan y estudian estos días la momia del general Prim. Casi ciento cincuenta años después de su muerte y, según parece, el motivo de este estudio no tiene otro objetivo que aclarar si el general Prim murió como consecuencia de los disparos de revólver efectuados por varios asesinos, o las causas de la muerte del carismático general se debieron a la mala praxis de los médicos que le trataron entonces. 

Ante la avalancha, ahora parece que ya reducida, de las ansias independistas catalanas (no se lo crean, es únicamente una maniobra de Arturo Mas, el presidente del la Generalidad, para justificar la enorme deuda que asola a las instituciones catalanas), la figura de Prim se yergue como la de un catalán no nacionalista, que fue presidente del gobierno español y una figura destacada en su época. Según el historiador don Emilio de Diego, Prim representa una forma de ser catalán concebida como un esfuerzo de superación constante en la dinámica esencial de EspañaPrim –continua De Diego- cuyo nombre llegó a ser sinónimo de libertad, pasó a formar parte del imaginario colectivo tras la guerra de África y entró en la leyenda con el eco de los disparos de la calle del Turco.

Vanos a situarnos. D. Juan Prim y Prats, conde Reus, vizconde del Bruch y marqués de los Castillejos, había nacido en Reus. El 27 de diciembre de 1870, después de asistir en Las Cortes a una sesión y departir con algunos diputados, montó en su carruaje a eso de las siete y media de la tarde. Salió junto a sus ayudantes Ángel González Nandín y Juan Francisco Moya. El carruaje alcanzó la calle del Turco, actual Marqués de Cubas, y al llegar a la esquina de la calle de Alcalá, otros dos coches le cerraron el paso. Al parecer, según algunas versiones, un hombre apellidado Montesinos había dado el aviso a los asesinos para emprender la maniobra al avistar el coche del general y presidente del gobierno. Dos grupos de personas se apostaron a uno y otro lado del vehículo de Prim y, a la orden, o al grito de ¡Fuego, puñeta, fuego!, una descarga acribilló el carruaje e hirió mortalmente a Prim. Según una de las versiones de estos sucesos, Moreno Benítez, que veló aquella noche al general Prim, éste le confesó que la voz que dio la orden era la del diputado Paul y Angulo. Lo mismo opinó su acompañante Moya. En cambio, González Nandín dijo que aquella voz no era del diputado andaluz.

Tras el atentado, el cochero se abrió paso, cruzó la calle de Alcalá y entró por la de Barquillo hasta alcanzar la escalinata del Ministerio de la Guerra, o sea, del Palacio de Buena Vista. Prim, herido principalmente en un hombro y en el brazo, subió con dificultad. En un principio, sus heridas no parecían ser de extrema gravedad pero en los mentideros políticos madrileños, surgieron los rumores en todos los sentidos y la conjura, parece que republicana, una de las hipótesis más firmes para justificar el atentado, quedó bloqueada al no haberse producido la muerte de manera inmediata. Conviene tener presente que el general Prim fue quien propuso la monarquía de don Amadeo de Saboya, para velar el cadáver de su valedor. Lo que pasó después es bien conocido.

PRIM, EL CAUDILLO

Prim pertenecía a una familia de militares. Inició su carrera al ingresar, como voluntario, en el cuerpo de Tiradores de Isabel II, al comenzar la guerra carlista. Prim participó en 35 acciones de guerra y, en 1839, era ya coronel. En 1841 obtuvo acta de diputado a Cortes por Tarragona, pero pronto comenzó a distanciarse de Espartero, jefe del partido progresista, y las diferencias no sólo tendrían por escenario el parlamento sino también el campo de batalla. Prim, junto con Miláns del Bosch, se sublevó en Reus el 30 de mayo de 1843, sin que el general Zurbano pudiera contrarrestar la protesta. El resultado fue el nombramiento de Prim como gobernador militar de Barcelona, en agosto de aquel año, controlando la situación social con mano dura, por lo que fue ascendido a mariscal de campo y premiado con el condado de Reus y el vizcondado del Bruch. Prim también se enfrentó con los moderados y, acusado de conspirar contra Narváez, fue encarcelado y juzgado, siendo condenado, aunque no llegó a cumplir la sentencia, y tratado con cierta consideración. Entre 1845 y 1847 se dedicó a viajar por Europa, Francia e Inglaterra.

A propuesta de Fernández de Córdoba, que era ministro con Narváez, fue enviado a Puerto Rico como capitán general, isla en la que impuso el llamado “código negro”, controlando los movimientos insurrectos y el bandolerismo, ordenando fusilar, el 3 de abril de 1848, al famoso bandolero apodado el Águila (José Ignacio Ávila que, tras pactar con el propio Prim su libertad, a cambio de abandonar sus dedicaciones delictivas, robó el caballo favorito de Prim hasta que fue detenido de nuevo). Prim, tachado de cruel por los políticos, regresó a Madrid al ser sustituido por Juan de la Pezuela, en julio de 1848. Incorporándose a su escaño de diputado, visitó París y Turquía, a donde viajó como jefe de la delegación española que el gobierno envió a aquel país, para unirse en la guerra contra los rusos. Regresó a España con la Revolución de 1854, y el gobierno liberal lo nombró capitán general de Granada, pasando más tarde a Melilla ante el levantamiento de los rifeños, prolegómenos de la guerra de África, por cuya actuación fue ascendido a teniente general en 1856.

Especialista en misiones internacionales, Prim fue enviado a Méjico para exigir disculpas por los agravios sufridos con el apresamiento del navío Concepción, tras la firma en Londres del acuerdo de colaboración entre España, Francia e Inglaterra, encabezando el propio Prim las negociaciones diplomáticas en representación de los tres países, pero este suceso produjo serias tensiones con el capitán general de Cuba, el general Serrano, que, por su parte, había puesto en marcha una flota de 16 barcos y 6.000 hombres. Prim negoció los preliminares con el ministro mejicano, Doblado, y advirtió la buena disposición del gobierno mejicano para dar las satisfacciones que el gobierno español exigía. No obstante, la idea de los franceses –idea de Napoleón III– era colocar en Méjico a Maximiliano José de Austria mientras que Inglaterra no tenía candidato. Prim dejó claro, en principio, su idea de no mezclarse con los asuntos internos de Méjico. Ante la insistencia francesa, Prim comunicó a Serrano que se retiraría de Méjico, actitud bien vista en Palacio, aunque O’Donnell no pensaba lo mismo. Prim regresó a España con una agridulce sensación de acierto o desacierto.

En 1864 fue desterrado a Oviedo, acusado de conspirar. Su estancia en la capital de Asturias era ya preludio de la revolución septembrina de 1868 y, durante los cuatro años que mediaron entre su llegada a Asturias y aquélla, Prim fue adquiriendo fama y prestigio en Europa, que le consideró liberal y revolucionario.

En junio de 1866, preparó la revolución de los sargentos de San Gil. Mantuvo entrevistas con diversos líderes revolucionarios, comprometió su revolución con Cuba, que secundaría el movimiento revolucionario español a cambio de una autonomía, y alcanzó un acuerdo con los generales Serrano, Topete y otros militares, dando comienzo a la revolución en la flota amarrada en Cádiz, el 19 de septiembre de 1868. En octubre, Prim marchó por Levante visitando Valencia y Barcelona, y el 7 de octubre llegó a Madrid, donde ya esperaba Serrano. Fue ministro de la Guerra, en el primer gabinete posrevolucionario, presidido por Serrano, y nombrado éste regente, encargó a Prim la formación de un nuevo gobierno, en el que formó como presidente y titular de la cartera de Guerra, que se reservó para sí mismo. Al frente de su equipo, tuvo que luchar para mantener el orden social y contra la reacción federal, cuyos disturbios ocasionaron graves consecuencias en ciudades como Valencia y Zaragoza, ordenando el fusilamiento de los líderes Guillén y Carvajal, en los meses de septiembre y octubre de 1869. Otra de las preocupaciones de Prim fue la de encontrar un rey para el vacío trono de España. Surgieron entonces varios candidatos. Espartero, de una parte, y las tensiones de las potencias, hicieron difícil el juego político y el equilibrio. La candidatura del príncipe Leopoldo de Hohenzollern provocó un conflicto entre Francia y Prusia, en 1870, en el que Napoleón III salió derrotado en Sedan. El duque de Montpensier y el infante don Enrique se retaron en duelo, con resultados mortales para el segundo, y nefastos para el vencedor, que fue descalificado inmediatamente. El 16 de noviembre de 1870, las Cortes eligieron a Amadeo de Saboya, como ya hemos escrito anteriormente, pese a los levantamientos carlistas, que fueron sofocados con implacable dureza por el ejecutivo. Los republicanos, por otra parte, se dejaron también oír en sus protestas, y en ese clima de desorden se empezaron a ver los primeros descontentos con la Revolución.

EL REINADO DE DON AMADEO DE SABOYA

Don Amadeo de Saboya, y su esposa, María Victoria dall Pozzo della Cisterna, llegaron a  España vía Cartagena y, durante su estancia, no encontraron el clima colaborador que era necesario para gobernar al país. Amadeo I, desconfiando de la difícil situación en que vivía España a lo largo del siglo, y especialmente tras su llegada, intentó desde el primer momento ganarse el apoyo de todos los grupos, para lo que hizo observar de forma escrupulosa la Constitución, consiguiendo el respaldo de aquellos partidos que habían apoyado la revolución de 1868, es decir, progresistas, unionistas y demócratas. Sin embargo, estos partidos dividieron enseguida sus apoyos formándose dos grandes grupos: el constitucional, cuyos líderes eran Sagasta y el general Serrano, y el radical, a cuyo frente se encontraba Ruiz Zorrilla.

La situación política aún se complicó más con la oposición de los carlistas, los partidarios de la monarquía borbónica en la persona de Alfonso, hijo de Isabel II, y los republicanos. La situación interna provocó el inicio de la tercera guerra carlista y los prolegómenos del federalismo; la anarquía se fue apoderando, una vez más, de la vida española. Los problemas en Cuba, alentados por los Estados Unidos, comenzaron a hacer impopular la figura de Amadeo I, que pronto se ganó el apodo de Macarroni I, burla que se amplió también a la reina, a la que llamaban La Cisterna, con el lógico desdén en los corrillos cortesanos, sufriendo los reyes un atentado, una noche de julio de 1872, cuando regresaban del parque del Retiro de asistir a un concierto, tras lo cual, Amadeo I presentó la dimisión al trono de España el 11 de febrero de 1873 ante las Cortes, dando comienzo la I República.

LAS CONSECUENCIAS DEL ASESINATO

Tras el asesinato de Prim, se instruyó un sumario de 18.000 folios, sin que pudiera aclarase nada. Entre los sospechosos, los principales gestores de la política nacional de aquellos tiempos. Roque Barcia, desde Barcelona, aclaró su coartada y despejó dudas sobre su participación. Los nombres de Serrano, Espartero y el duque de Montpensier sonaron entre los de los sospechosos de haber participado en el crimen, y el cubano Céspedes acusó a los negreros bajo el argumento de que pudieran estar temerosos de que las nuevas disposiciones de Prim, respecto a Cuba, pudieran acabar con el pingüe negocio de la esclavitud.

Ahora, los científicos han abierto el sarcófago que guardaba la momia del general Prim, cuya fotografía nos muestra aún el rostro severo, poblado de barba y un poco desdentado del general. Desconozco la intención de todo esto, aunque los responsables, que preparan los homenajes para el año 2014, en Reus, bicentenario del nacimiento del general, dicen que los científicos siguen cuatro líneas de trabajo: determinar si el general Prim murió en el acto como consecuencia del atentado, aunque según han comunicado en sus primeras impresiones no parece que las balas afectaran a órganos vitales, sí han encontrado, a través de un escáner, un orificio que pudo haber sido la causa de gran hemorragia. Las otras tesis en las que trabajan los equipos médico-científicos es en ver si la muerte se produjo por shock, por inflamación de los órganos o por hemorragia.

 

Continuará.

 

|

Comentarios

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS

Comentarios recientes

Cerrar