EL ESCARNIO NO LAVA PECADOS

Empieza a resultar sospechoso el procedimiento que, desde hace algún tiempo, se viene utilizando para “mover” o “conmover” a la masa social, cuando se trata de destapar asuntos de corrupción, o asuntos relacionados con algún escándalo de algún personaje público. La detención, el pasado jueves, de Rodrigo Rato ante un nutrido grupo de periodistas, fotoperiodistas y cámaras de televisión, y ante la concurrencia, nada espontánea, de un grupo de curiosos a las puertas mismas de su domicilio, echa por tierra ese asunto de la presunción de inocencia, con la que tanto se llenaban la boca los mismos que ahora empujan a los concurrentes al insulto y la vejación del sospechoso, a quien someten a un linchamiento social tan poco edificante como el delito que se le imputa.

Yo no creo que una secuencia como la vivida el pasado jueves, en la persona del ex vicepresidente del gobierno y, a decir de algunos, uno de los mejores, sino el mejor, ministro de Economía de la Democracia, una secuencia de ese calibre, digo, como es la detención temporal para proceder al registro de su domicilio o de su despacho, surja por las buenas. Más bien creo, y prefiero creer, que existen pruebas que aconsejan esos registros y la sospecha de culpabilidad tiene fundamentos. Pero lo que si me resulta sospechoso es utilizar a una figura pública, en la persona, en este caso, de Rodrigo Rato, y exponerlo ante los leones de la prensa, para que sirva de escarnio público cuando en este país empieza a resultar difícil encontrar ya a alguien que, como en el Evangelio de San Juan, esté libre de pecado y sea capaz y tenga agallas para tirar la primera piedra.

Los concurrentes, esa legión dispuesta a secundar la, insisto, sospechosa maniobra que según algunos se diseña en el entorno de Moncloa, van dispuestos a lapidar, a hacer justicia popular, de la que los españoles tenemos, desgraciadamente, aprendida la lección histórica, y sería conveniente pedir responsabilidades a quien convoca a esta docena y media de gritones, y la docena y media de periodistas, fotoperiodistas y cámaras de televisión que anuncian el suceso apenas ocurrido.

Parece que la válvula de escape de la ira contenida en la sociedad española ante tanta corrupción es eso, dejar que algunos voceen los pecados de la víctima a “grito pelao”, que diría el castizo, como si ese linchamiento moral aliviara de alguna manera el pecado. Ya, cuando el escándalo de las tarjetas black, un método que utilizado para cargar gastos de representación difíciles de justificar, Rato fue el objetivo de una campaña mediática desproporcionada que incluyó, entre otras artes, el hacer público dónde se había gastado el dinero, o parte del dinero, y se supo en qué, cómo y cuándo con inusitado detalle y prontitud. Sospechoso.

¿A qué obedece, entonces, que ahora, cuando la cita electoral para municipales y autonómicas está a la vuelta de la esquina, salte el escándalo otra vez sobre el ex vicepresidente del Gobierno del señor Aznar?  Ante tanta estrategia, y ante tanto estratega, uno podría pensar que, justo el mismo día en que se publican unas grabaciones del pequeño Nicolás, que contienen unas declaraciones del señor de la Rosa, surge el escándalo Rato.

Porque ¿tendría lógica hilvanar un caso y otro? ¿Podría ser una táctica, la de montarle el número a Rodrigo Rato, para desviar la atención? El pequeño Nicolás, que para ser pequeño ¡caray! lo que revuelve, tenía en su móvil una conversación con el empresario catalán Javier de la Rosa, en la que éste cita al rey emérito, a Aznar, al propio Rato, a Felipe González y a Pujol, entre otros. En la que explica cómo financió a Convergencia para que este partido fuera, en Cataluña, el partido que nivelaba y controlaba el no al independentismo, opción que luego falló por el propio Jordi Pujol, y en las que asegura que llegó a dar a Convergencia, en las personas de Roca, tesorero, y Pujol hasta 4500 millones de pesetas, o sea, unos 27 millones de euros actuales para estos fines.

Y me resulta también un ejercicio difícil de entender cómo, tras hacerse públicas estas manifestaciones, este país sigue funcionando y no se ha paralizado. Porque, si es verdad todo lo que ha contado De la Rosa, y no veo por qué hay que dudar, de momento, de su palabra, hacer escarnio en Rodrigo Rato me parece la operación más vil y más indigna que se puede preparar y, en Moncloa, deberían tenerlo claro, porque las miradas sobre estas conductas apuntan allí.

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