JESUS HERMIDA Y MI VOCACIÓN

Al filo de las diez de la noche me entero de la noticia: ha fallecido Jesús Hermida. Siempre he mantenido que la televisión, como en su día la radio, y a diferencia de la prensa escrita, permite que el periodista se eleve a otra dimensión. No son más profesionales, ni mejores periodistas, pero tienen ese estigma que aporta el medio y sus rostros, sus voces, son elementos que los identifican y los acercan más al público.

Yo debo a Jesús Hermida el ser periodista. Yo no soñaba con selvas tropicales ni con escenarios cinematográficos. No tenía vocación de aventurero africano ni soñaba con llegar al Himalaya, ni con navegar el Amazonas o alcanzar las alturas de Machu Pichu . Mi vocación periodística surgió al ver a Jesús Hermida contarnos, a través de la única televisión que teníamos entonces, el asesinato de JFK, el de su hermano Robert, el de Luther King, y la llegada del hombre a la luna. Pero, aún más. Mi vocación periodística creció con aquel Hermida que, una vez por semana, comparecía ante nosotros, en compañía del resto de corresponsales de Televisión Española, convocados por Victoriano Fernández Asís. Queríamos saber y necesitábamos saber sobre la evolución de la llamada guerra fría, o la acogida que nuestros maestros de la terna internacional, Raphael, Manolo Santana y Manuel Benítez “El Cordobés”, tenían en los otros países.

Hermida destacaba por su personalidad ante la cámara, como seguramente dirán mañana martes día 5 todos los periódicos y noticiarios. Tras su regreso de Nueva York, sus programas en las diferentes cadenas tuvieron ese sello, probablemente adoptado en el paraíso de la teleshow, que es Estados Unidos, de cómo presentarse ante el público que simbolizaba la cámara… en una serie de entrevistas que emitió, creo que en Televisión Española, en la sobremesa, Hermida, medio tumbado sobre el sillón –de cuya pose sacó Martes y Trece su caricatura- obvió la presentación previa del personaje, para que el espectador entrara directamente en materia sin necesidad de hacer la clásica entradilla. Su estilo, no me atrevo a decir desenfadado, pero si desinhibido, carente de la pose clásica del busto, o de cuerpo entero, parlante, empequeñeció el plató y redujo a la simple condición de objeto a la cámara, para brillar con la desenvoltura que dan las tablas. Y creo que algunos trataron de imitarle.

Recuerdo que un día de invierno, que no sabría precisar, se inauguraba la discoteca del Casino de Madrid de Torrelodones. La discoteca era como un anfiteatro, con una pista pequeña, en el ángulo inferior. A la derecha, también pequeña, la barra, y más a la derecha, una puerta daba acceso a una pequeña escalera que conducía a la toilette. Entre los asistentes, escritores, artistas, cantantes, algún político de tercera fila, concejales locales, señoras, señoritas… la presentación del acto inaugural de aquella discoteca corrió a cargo de Jesús Hermida, y la artista invitada para tal acto era Grace Jones.

Según la Wikipedia, Grace Jones es mujer pero entonces se dudaba. Creo que, cuando rodó una película para la saga 007, la publicidad jugaba con la indefinición de su sexo.

Aquel huracán, tocado con una cresta punki y enfundada en un mono de cuero muy ceñido y provocador, salió a cantar y a recorrer cada rincón de aquella discoteca, jugando a practicar un baile en el que sodomizaba a su compañero. Y su compañero era cualquiera del público, pero evidentemente señores. Políticos, concejales, artistas…

Yo compartía la barra con Tino Casal, que a su vez, estaba charlando con Bibí Andersen, ahora Bibiana Fernández, y cuando vi a Grace Jones dirigirse hacia nosotros, giré sobre mí mismo y enfoqué las escaleras que conducían a la toilette. Me lavé las manos las suficientes veces para considerar que el peligro ya se había alejado, más convencido cuando ningún otro había entrado los servicios. Pero cuando me disponía a salir, Jesús Hermida entró arrasando, y yo volví a mi lavabo a enjabonarme de nuevo. El resto hacía cola. Jesús me contó que la internacional y peligrosa artista había exigido, además de su caché, una línea de teléfono permanente, champan en su habitación de una marca muy sofisticada y fresas.

Supongo, maestro, que ahora no te importará que lo cuente, pero lo pasamos apurados eh?

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