LA FIEBRE DE LOS RADICALES

No deja de sorprenderme el papanatismo de nuestro Gobierno para resolver una situación comprometida. Cuando hace unos días, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, se refería públicamente proselitismo de la Fundación Nous Catalans, hacia determinados personajes musulmanes integristas, anunciando la supuesta colaboración entre unos y otros, me quedé con ganas de preguntarle al ministro  desde cuándo tiene el Gobierno de España noticia de estas prácticas y qué ha hecho para evitarlo.

Es de todos conocido que Occidente está en el punto de mira del yihadismo internacional y, desde un tiempo a esta parte, España, y más concretamente Cataluña, es uno de los lugares de mayor atención para los expertos en la lucha contra el terrorismo. Cataluña es la comunidad que acoge a un mayor número de musulmanes (en torno a 700.000). El incremento de población islámica en la comunidad catalana, en los últimos años, ha supuesto que en algunas poblaciones de esta comunidad los musulmanes representen el 20 por ciento de la población. De las 1264 mezquitas que hay registradas en España 216 están ubicadas en Cataluña; de las consideradas en medios policiales más peligrosas, por representar una línea ideológica cercana al salafismo, 98 en todo el territorio nacional, más de la mitad, 50, están en Cataluña. El radicalismo musulmán ha llevado a las autoridades españolas, en su lucha contra el terrorismo yihadista, a la detención en España de cuarenta personas en lo que va de año, y tiene en Barcelona y algunos otros lugares de Cataluña el escenario de estas operaciones.

En una conclusión primaria y evidente, algunos podrían argumentar que el incremento de la población musulmana en Cataluña es consecuencia de la reconocida prosperidad económica de esta región española. Y, análogamente, hasta habrá quien justifique el brote de violencia islamista por la inadaptación de estos inmigrantes a la vida catalana.

En el caso concreto de Cataluña, para responder al primero de los planteamientos, la presencia masiva de musulmanes se justifica desde la propia iniciativa de algunos líderes catalanes, vinculados al independentismo, por querer atraer a estos inmigrantes para la construcción del Estado Catalán, siendo preferidos a los hispanoamericanos que, al poseer el idioma castellano, dificultarían las señas de identidad catalanas. O sea, un choque diametralmente opuesto al que representa España, tanto por razones culturales como lingüísticas. Ese ejercicio nacido de la bastardía y el odio tendrá un efecto boomerang contra ellos mismos.

La respuesta al segundo planteamiento está en ver cómo puede afectar a Cataluña la radicalización de los musulmanes que en ella habitan. Los expertos en la lucha antiterrorista aseguran que los jóvenes musulmanes que viajan a Siria, para alistarse en el Estado Islámico, no proceden de un estrato social bajo; no son inmigrantes inadaptados, sino jóvenes llevados por esa “fiebre de odio” contra lo que representa la cultura occidental.

Los políticos independentistas, en su bastarda mezquindad, han jugado con fuego y las consecuencias pueden ser nefastas para España, y más concretamente, para su propia Comunidad.

La de los políticos catalanes es otra “fiebre” tan visceral y peligrosa como la de los yihadistas, de resultados insospechados. Pero la actitud del Gobierno español ante estas maniobras, es un acto de irresponsabilidad manifiesta. Mientras los capitostes catalanes que predican el independentismo juegan a desafiar al Estado, mientras mueven las conciencias de unos cuantos miles de crédulos, mientras predican el odio a España y, en un ejercicio de agravio comparativo, sacan pecho ante las autoridades, el Gobierno de España, humillado, insultado y ninguneado, prefiere mirar para otro lado. Luego, sus portavoces explicarán la necesidad de una consulta con las altas instituciones, o la apertura de un expediente… y el tiempo suele terminar curando las heridas, pero eso no es gobernar, señor Rajoy.

Cataluña, región trabajadora y vanguardista, ha tenido siempre un tacto especial para integrar al inmigrante. Aragoneses, murcianos, alicantinos, castellanos, gallegos, asturianos… no dispongo de un censo oficial para establecer los porcentajes correspondientes de los que, en la búsqueda de una mejor calidad de vida, viajaron a tierras catalanas y terminaron sintiéndose como ellos, aprendiendo el idioma y dejándose conquistar por sus manifestaciones culturales. Si los impresentables que abogan por el independentismo, enriquecidos por la ilegalidad de las comisiones y la desfachatez de sus pretensiones, ante la timorata presencia de España y de sus representantes en aquellas tierras, se creen que los musulmanes se van a dejar embaucar como los 

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