¿PÉRDIDA O CAMBIO DE VALORES?

Preguntaba el catedrático Don Lorenzo Rodríguez de la Peña, candidato del partido Soluciona a la alcaldía de Málaga, en las próximas autonómicas, por qué hemos creado tantas “estatuas de barro” carentes de valores culturales, éticos o sociales, al tiempo que hemos olvidado a otros que representan la entrega, el trabajo y la dedicación a la Cultura, la Ciencia o el Arte. Y traía el profesor Rodríguez de la Peña este interesante debate durante nuestro diálogo, en el programa La Ratonera, donde fue invitado el pasado jueves día 23 de abril, dejando sobre la mesa un interesantísimo tema que obliga a algunas reflexiones.

Me temo que cuando tratamos estos asuntos, los españoles tenemos ejemplos de referencia, con nombres y apellidos, que yo no voy a desvelar evidentemente, aunque en el sub-consciente floten con claro afán de protagonismo. Y entiendo que no es un problema que afecte únicamente a España, sino que me parece que está presente en los países de nuestro entorno geográfico y cultural.

A mi modo de ver, el problema es que los parámetros que la sociedad aplicaba hace unas décadas han sido sustituidos por otros nuevos, diferentes, que nada tienen que ver con aquellos. Hay ejemplos más que evidentes que sostienen mi argumento, a poco que forcemos nuestra memoria para acordarnos, sin ir más lejos, de la programación cultural de la televisión cuando sólo disponíamos de dos canales, o del comportamiento de los españoles en sociedad.

La cada vez mayor admiración social por esas estatuas de barro, a las que se refiere el profesor, me llevan a formular la pregunta sobre si ¿debemos considerar una pérdida o un cambio de los valores que tradicionalmente han inspirado nuestra estructura social?

A mi modo de ver, el problema no está en la pérdida de valores, que es algo a lo que apelamos a la hora de justificar la falta de virtudes para alcanzar la cima de la pirámide, sino que la raíz del problema está en el cambio de esos valores, en la sustitución de ésas referencias y en la alternativa de nuevas reseñas que son, y suponen,  la consolidación de un cambio que comenzó con la transición hacia la democracia. Una ruptura histórica y social capaz de provocar una variación en nuestra sociedad, y que la hace distinta porque ha sustituido el desafío por crecer por el conformismo por mantenerse.

Alimentamos a estas estatuas de barro porque la Sociedad, en general, que no es un todo, pero que es muchos pequeños todos, permite y anima a que personas que no están avaladas por sus conocimientos científicos, literarios, artísticos o religiosos, que no representan una referencia en el mundo del deporte, la religión o la cultura, alcancen lugares predominantes en este grupo de elegidos donde la popularidad ha desplazado a la admiración que es, precisamente, sinónimo de destreza, estudio, trabajo o habilidad.

El proceso iniciado con la transición democrática supone un cambio profundo no sólo del sistema político, sino también en el educacional y en el que afecta a los comportamientos de las personas en su propio entorno. Es, en definitiva, una mutación en el aspecto filosófico de la vida, que es el que inspira a la sociedad, y que supone el desmontaje de la arquitectura social anterior, y su sustitución por una referencia diferente a la heredada.

Las estatuas de barro representan, precisamente, el desmontaje del mérito, que era un rasgo diferenciador y predominante, y en su lugar se ha establecido una referencia nueva que viene representada por la capacidad de transmitir sensaciones, o emociones, en el que la política alcanza su expresión más excelsa y los que la ejercen el ejemplo más evidente. Basta con echar un vistazo a las páginas de los periódicos para comprobar que el protagonismo lo tienen quienes se dedican a la esta ciencia, aunque la relación de méritos de sus protagonistas sea escasa y/o discutible.

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